NASA

15 Junio, 2020

¿Podemos vivir en otro planeta?

Somos seres expansivos. Los humanos siempre hemos tratado de ir más allá, de traspasar límites, de explorar nuevos territorios. Esta tendencia es la que estaba detrás de las migraciones que llevaron a nuestros tíos abuelos neandertales a atravesar Europa, de la primera vuelta al mundo de la expedición Magallanes-Elcano y también de la llegada del hombre a la Luna. Una vez superados los propios límites que marca nuestro planeta, nos queda resolver la siguiente gran cuestión: ¿podemos vivir en otro planeta? Esta es una pregunta que tiene su miga. Podemos pensar que si un astronauta ha caminado sobre la superficie de la Luna con su traje espacial hace cincuenta años, ¿por qué no podríamos a estas alturas pasearnos por la superficie de otro planeta e ir a hacer la compra con nuestras escafandras? La respuesta a esta cuestión es sencilla. No es tan fácil encontrar un lugar en el que podamos instalarnos a largo plazo. Los trajes espaciales están bien, pero solo para un rato. Hay que abastecerlos de agua y oxígeno que nos permitan vivir, y estos son recursos que no abundan en cualquier cuerpo celeste. Además, aunque encontráramos un planeta de características similares a la Tierra, podría estar tan alejado que tardaríamos siglos en llegar a él. En cualquier caso, la curiosidad humana e incluso la necesidad de encontrar una alternativa a la Tierra si esta se volviera inhabitable ya nos han puesto a trabajar en este reto.Las principales dificultades que nos separan de hacer nuestra vida en otro planeta son dos: la ausencia de condiciones favorables y la lejanía del posible nuevo mundo. No es tan fácil dar con un planeta similar a la Tierra, con estaciones, atmósfera y gravedad similares, clima estable e incluso las condiciones necesarias para que haya agua en su superficie. De momento, podemos intuir que existe algún exoplaneta con algunas de estas cualidades, como es el caso de Kepler-186f. Es probable que se trate de un mundo terrestre o cubierto por océanos. El problema es que está a 500 años luz. Un paseo demasiado largo para ir a comprobar si nos puede servir como nuevo hogar. Aunque fuéramos capaces de sobrevivir a los siglos que nos llevaría llegar a los exoplanetas más cercanos, el agujero generacional y evolutivo entre los colonos que llegaran a ellos y los habitantes de la Tierra sería abismal. ¿Alguien se imagina a un puñado de caballeros medievales aterrizando ahora mismo sobre un mundo lejano? Probablemente, ni nos acordaríamos de ellos. De momento, no tenemos disponible la tecnología necesaria para explorar uno de esos mundos tan lejanos. Por eso, los esfuerzos se centran en lo que tenemos más a mano, que no es otra cosa que los planetas que nos acompañan en nuestro viaje alrededor del Sol. Sobre todo, los más cercanos a nosotros. Una vez que tenemos claro que es posible llegar a otro planeta para intentar su colonización, nos queda por salvar el otro gran escollo: la ausencia de las condiciones que necesitamos para vivir sobre él. La Tierra reúne características difíciles de encontrar, por eso la vida se ha abierto paso sobre ella. Si los demás planetas son distintos, una solución para vivir en ellos pasaría por adaptarnos a sus condiciones. Por ejemplo, la NASA estudia enviar humanos a Venus, nuestro planeta vecino, un infierno que ronda los 460 grados centígrados de temperatura media y donde nieva metal, literalmente. ¿Y cómo se adapta uno a esas condiciones? Muy sencillo: buscando un lugar en el que pueda estar a gusto. En el caso de Venus, ese lugar está a unos 50 km de su superficie. Allí, la temperatura media es muy agradable, de entre 20 y 30 grados, la presión atmosférica es similar a la de las montañas más altas de la Tierra e incluso la capa de atmósfera es lo suficientemente densa como para protegernos de la radiación solar. La idea de la NASA consiste en enviar una especie de dirigibles que permitirían a los astronautas permanecer hasta un mes en esa zona y enviar herramientas de exploración a la superficie del planeta. No es precisamente colonizar el planeta, pero es un primer paso hacia la construcción de futuras ciudades flotantes.Si adaptarnos a vivir en planetas inhóspitos no es lo nuestro, siempre podremos intentar adaptar esos planetas a nuestros requisitos. Este proceso se conoce como terraformación y se trata de un antiguo sueño de la ciencia ficción. Y, como en el caso de otros adelantos imaginados por autores de este género, hay quien se lo ha tomado en serio y se ha puesto manos a la obra para convertirlo en realidad. De hecho, ya se plantean distintas maneras de terraformar Marte, nuestro vecino más cercano después de Venus. Algunas de ellas consistirían en sembrar su superficie con bacterias productoras de oxígeno o enviar fábricas de CO2 para lograr, en menos de un siglo, un efecto invernadero que ayude a lograr una presión atmosférica similar a la terrestre. Sin embargo, parece inviable lograr esto con todo el planeta. Por esa razón, ahora se plantea terraformar pequeñas islas en el planeta rojo. Se lograría gracias a un nuevo material, el aerogel de sílice. Una capa de este compuesto permitiría transmitir luz suficiente para realizar fotosíntesis, bloquearía la radiación ultravioleta y elevaría las temperaturas hasta hacerlas similares a las de la Tierra sin necesidad de utilizar energía procedente del propio planeta. Se trata de crear pequeñas islas de habitabilidad, o incluso biosferas autocontenidas, que permitan tener agua líquida permanentemente bajo la capa de aerogel de sílice. ¿Seremos capaces de construirnos una nueva casa más allá de la atmósfera terrestre? El tiempo lo dirá. Por el momento, lo mejor que podemos hacer es cuidar la que ya tenemos. Es la mejor manera de asegurarnos de que nuestra especie sobrevivirá el tiempo suficiente para ver nacer al primer humano extraterrestre.

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